domingo, 19 de mayo de 2013

Siempre serán ellas

Él siempre la mencionaba, con orgullo y entusiasmo, cada vez que le preguntaban el porqué de su triste llanto; sin tratar de evadir su respuesta concretaba:

"Son las praderas. Siempre serán ellas."

Cada persona que se acercaba al oír esa respuesta seguía su camino de largo, pues su pregunta no tenía su respuesta. Así pensaban todos. Pasó mucho tiempo, todo de la misma forma, mientras caminaba a paso lento y detallado, hasta que una vez un niño, más curioso que el resto, repitió la pregunta una vez más: "¿Por qué?". En ese momento él sintió que su corazón latía más fuerte, una llama de esperanza, y le nació una segunda y única respuesta:

"Las praderas. Son ellas las más bellas
del Reino, adornadas de dulces cánticos
de animales y melodiosas figuras florales
que al atardecer se convierten en un mundo
de fantasía, pero en la mera realidad."

El niño no entiende, aunque cada palabra se le queda grabada.

El niño no entendió hasta convertirse en ese personaje de las praderas, con la única diferencia de que no se baña en llanto, sino en fortuna, alegría y realidad. De esta forma decidió reunir a sus nietos y nietas para contarles el momento en que se encontró al hombre en llanto, en donde empezó el cuento para el abuelo más amado. Estuvo narrando su historia por más de una hora cuando entró en la sala la abuela de esos pequeños para ofrecerles la comida, dejando que su pareja finalizara su maravilloso cuento:

"Recuerden aquellas praderas, llenas de
vida y esperanza que aquel hombre
anhelaba a gritos. Hoy soy yo el
protagonista de la historia que ya no
anhela, pero si disfruta de las praderas
más hermosas, de las que la única dueña
es, nietos míos, su querida abuela."

Esa noche terminaron la pequeña reunión, entre nietos y abuelos, con un beso que todos los nietos lo relacionaron con esa gran historia y entendieron que allí yacía un hombre en la cumbre de las praderas más bellas.


Andrés García Acosta

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